El brillante combate póstumo…

El brillante combate póstumo de David Foster Wallace

El suicidio de David Foster Wallace hace ahora tres años desencadenó uno de los procesos de beatificación literaria más rápidos de los últimos tiempos, razón más que suficiente para que la aparición de “El Rey Pálido” genere cierto escepticismo entre sus lectores. Sin embargo, habría que ser muy ingenuo para no ver que Wallace conocía perfectamente el papel consagrador de la muerte, y que dentro de su agenda post mortem figuraba su publicación, ya que antes de colgarse ordenó como pudo las cajas, maletas y discos duros con los fragmentos de esta obra maldita que le había traído de cabeza durante más de una década.

De ahí que en este caso el problema de la edición póstuma no sea tanto de carácter moral como técnico, ya que el resultado final de una obra incompleta depende en gran medida de la edición llevada a cabo por el testaferro literario. Y en este sentido el criterio de Michael Pietsch, el hombre detrás de nombres como Moody, Sedaris o Leyner y co-artífice del bombazo literario que en su día supuso La Broma Infinita, ha puesto sobre la mesa de novedades algo más que un ataúd con un bonito cadáver.

A algunos les bastará con disfrutar de la última oportunidad para dejarse arrastrar por ese estilo ya familiar y la nostalgia que produce saberlo para siempre perdido. Pero a quienes quieran ir más allá, a aquellos que se propongan seguir buscando claves para entender en su conjunto un legado literario tan ambicioso y original, las páginas de El Rey Pálido les ofrecen mucho territorio donde excavar. No es casual que Wallace empezara a tomar notas al poco de terminar La Broma Infinita; mientras una analizaba el entretenimiento, las drogas y el deporte de alta competición, la otra se mete de lleno en el aburrimiento, el trabajo y la administración tributaria, para indagar en el lado más rancio de la burocracia, mostrar su lado humano, y encontrarle incluso una dimensión épica.

Consciente de lo arriesgado que era el proyecto, Wallace intentó durante todo el tiempo que peleó con el texto introducir elementos que lo amenizasen. Pero los temas de su novela seguían y siguen siendo nada menos que el tedio, la rutina, los impuestos… y para colmo son abordados con esa exhaustividad obsesiva que caracteriza su escritura. El resultado es a ratos brillante y a ratos sencillamente asfixiante, en especial cuando el lector se ve sepultado por una avalancha de datos fiscales y procedimientos contables descritos con una minuciosidad de pesadilla.

Sin embargo, lo que prevalece es la impresión de estar asistiendo al combate de un gran escritor contra un tema demasiado complejo, casi inabarcable, igual que en su “Bouvard” Flaubert se enfrentó con la estupidez humana y acabó cayendo en el intento. En este sentido se podría llegar a decir que hay obras póstumas y obras asesinas. Y cuando la literatura se convierte en una lucha a muerte por nombrar lo innombrable, lo único que nos queda es sentarnos a admirar cómo el autor, acorralado por el monstruo, despliega sus mejores y peores artes, aquellas que le hacen perdurable y reconocible y que, en el caso de Wallace, toman la forma de notas kilométricas a pie de página, monólogos frenéticos y diálogos elípticos que se superponen en distintos planos narrativos, slang intercalado con tecnicismos impronunciables o descripciones hiperreales que replican a la perfección un colocón de ansiolíticos.

Lo importante labor de Pietsch ha consistido en presentar El Rey Pálido como una novela incompleta compuesta de fragmentos completos, coherentes y con un valor intrínseco, ya que los capítulos largos -varios pasan de cincuenta páginas y un par se acerca al centenar- se sostienen perfectamente como relatos independientes. Y como suele suceder con toda novela en curso, son sus personajes y no la trama lo que ha alcanzado un mayor grado de desarrollo, lo cual representa una oportunidad única para ver al Wallace más maduro haciendo lo que mejor sabía hacer, transformar las rarezas de sus freaks en grandezas de dimensión trágica. Ahí quedan Claude Sylvanshine y esos superpoderes psíquicos para procesar datos irrelevantes, o David Cusk, víctima de ataques de transpiración compulsiva, o el funcionario jedi Shane Drinion, un auditor soporífero cuya capacidad de concentración le hace levitar sobre la silla. Y entre todos ellos una peculiar estrella invitada: el propio autor, David Wallace, que hace aparición en el papel para poco después hacerse desaparecer de la vida real. Como si él mismo fuera sólo eso, un personaje atrapado en las páginas de una novela sin terminar.

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